Hace más de un mes un amigo de la oficina llegó a mi cubículo y me platicó de un viaje que hizo a la playa en donde aprendió a surfear. Surfear, esa cosa que pensé sólo existía en películas y videos de youtube, me dicen ahora que es algo real y está a tres horas y media de mi cubículo viajando en auto.
“Vamos a la próxima” dijo mi amigo “va a haber un festival de cine también”.
Si resultaba que el agua de mar y los bikinis eran demasiado para mi psique, aún podía ir a refugiarme en una sala de cine y sumergirme en alguna película hipster dirigida por algún señor cuyo apellido no podría pronunciar.
“Va” dije tras sopesarlo un par de momentos ¿O fueron días?
La fecha puesta para el viaje era tan distante que la idea de pararse en una tabla flotando en agua salada volvió a perder su corporeidad y la guardé de nuevo en la bolsa de cosas imposibles junto a la idea de ganar un mundial de futbol.
Pasaron dos, tres semanas en las que anduve fuera de la ciudad. Pasé por los Estados Unidos y luego por las tierras que me vieron nacer y aprender a andar en bici. Comí muchísimo, descansé aún más, me re-encontré con amigos de la escuela, vi dos películas y jugué un videojuego.
Suddenly: realidad.
Antes de darme cuenta, estaba de regreso en mi cubículo de 2x2; revisando correos, investigando código y asistiendo a juntas.
“¿Ya listo para la playa, amigo?” una voz que mi cerebro casi olvidaba llegaba desde fuera de los confines de mi cubículo, una voz en forma de palabras cuyo significado aún no terminaba de calcular. Era mi amigo, el auto-denominado surfo quien, con expectativa en la cara, esperaba una respuesta.
“Sí… ¿mon?” El yo del pasado me había atado a un compromiso que ahora venía a pedirme el dinero para pagar el bungalow “Te paso el varo mañana, ¿no?”.
Pasaron los días y mi mochila seguía vacía, mi calendario libre y mi cuarto sucio. De mi bolsa de cosas imposibles se asomaba el surf que, no sé si habrá sido por la luz tenue en la que estaba, ya no parecía tan imposible.
Llegó el día. Mi mochila llena, mi calendario con un día off y mi cuarto no tan sucio. Subí a la Van junto con ocho dudes a quien, si aún no consideraba amigos, no tardaría en hacerlo.
Llegamos a la playa ya de noche; algo mareados, algo cansados y algo hambrientos. Fuimos a unos tacos callejeros y fue donde encontramos a Mateo.
“Yo soy un pinche gringo” decía Mateo “pero… ¡Cuidado! Me comí ocho tacos.”
“Did you come for the festival?” le pregunté.
“I’m here for the surf contest tomorrow. I ate ocho tacos pero, mira, ¡No problema! I could eat five more! ¡Cinco!”
Entre otras cosas, me platicó que no entendía por qué le poníamos piña a los tacos de pastor “Fuck the pineapple!” le dije, frase que repitió con enjundia. Luego le dimos a probar esa cebolla con habanero que suele haber en las taquerías para ver sí era, como él decía, tan cabróun. “This one got me” dijo conteniendo las lágrimas. Dejamos a Mateo comer y nos retiramos a dormir al bungalow.
Al siguiente día fuimos a la playa. Lugar más bonito y con mujeres tan hermosas no podía encontrar en memoria reciente. Rentamos cada quien una tabla de surf por dos horas y nos encaminamos al mar. Shit had just gotten real.
Entramos al agua en donde ya se reunía la gente para surfear “¿Qué mierda hago aquí?” me pregunté a mi mismo sin poder evitar sonreír al infinito “No sé ni nadar” Me encontraba ahora riendo por un chiste inexistente; eso hasta que la ola más lánguida que puedan imaginar me sumergiera en el agua.
“No te pongas nervioso” pensé debajo del agua tratando de no perder el quicio y recordar en qué dirección quedaba el suelo. Salí tras unos segundos que parecieron durar más de lo que los segundos normales. Volteé a mi alrededor pero nadie pareció notar lo cerca que estuve de morir en cincuenta centímetros de agua. Nota para mi mismo: no tragar tanta agua salada.
Así estuve tratando de aprender empíricamente cómo evitar que las olas me tiraran y oyendo los consejos de mis amigos más experimentados para balancearme en la tabla y tomar la ola:
“Cuando ya venga, te subes en chinga y braceas con todos tus huevos.” me decían “Cuando sientas que te jala, ahí te levantas.”
Quise seguir las instrucciones pero no podía ni tenderme en la tabla sin que, momentos después, me encontrara una vez más revolcado por el inquieto mar. Intenté pues alejarme un poco de la acción y observar a quienes parecían saber lo que hacían. De mis notas, separé la surfeada en sus tres componentes primarios: tenderse en la tabla, bracear y levantarse; quizá atacandolos por separado podría lograr algo. Not quite.
Salí extrañamente alegre del mar cuando nuestras dos horas terminaron. Agua salada cubriéndome y una tabla rentada en mi costado. Había fallado la tarea de surfear pero eso no parecía tan importante en el momento ¿Qué lo era entonces?
“¿Cuánto pesos?” una voz desconocida llamaba mi atención. “¿Cuánto pesos la tabla?”
“It’s fifty pesos per hour” respondí adivinando que los señores extranjeros me entenderían mejor en ingles.
“Oh, it’s not that expensive.” respondió mi interlocutor un tanto cuanto sorprendido “and how much for the ambulance?” concluyó haciendo reir a sus amigos.
“Well, it depends” dije “on how many bones you broke.” habiendo hecho sonreir a mis amigos internacionales continué con mi recorrido “see you guys later”.
“Well, it depends” dije “on how many bones you broke.” habiendo hecho sonreir a mis amigos internacionales continué con mi recorrido “see you guys later”.
Regresamos al bungalow a quitarnos el mar de encima, comimos mariscos en la playa y esperamos a que la noche cayera para ver que traía consigo.
Llegada la noche caminamos por las calles del pueblo buscando bares/antros con nombres de animales. En el primero que entramos había banda en vivo y estaban tocando Killing In The Name Of. Entre rock y metal se fueron consumiendo las cervezas hasta que nuestro grupo de amigos votó por abandonar el recinto.
Fuera del bar, me senté en la acera esperando la re-agrupación de nuestra comunidad. Aun la música se oía y la banda tocaba Dream On. A 97 centímetros a mi derecha encontré a una chica a quien parecía no molestarle mi intento por cantar la canción de Aerosmith que ya he mencionado. Traté de hacerle un cumplido por la — creo que era — bufanda que tenía en la cabeza, mismo por el que pareció alegrarse, a pesar de lo aleatoria de mi observación. Y así empezamos a platicar. Noté que su acento, aunque natural, parecía extranjero. Ella me contó que venía de Italia pero que, además de su lengua natal, también hablaba Inglés y Español. Le ofrecí pues que habláramos en inglés si prefería pero ella lo rechazó.
“Toda la gente aquí habla Inglés” me dijo “este pueblo tiene muchísima influencia gringa” volteé y vi un restaurante con las palabras ‘Breakfast’ en letras grandes y ‘Desayunos’ en letra más pequeña justo debajo “si los extranjeros vienen de visita, las personas no deberían de cambiar. La gente ya no sabe como era aquí antes de ser centro turístico.”
“Pues… es difícil” comencé “si yo no tuviera para mantener a mis (hipotéticos) hijos, tal vez no me importarían tanto mis tradiciones y aceptaría el dinero de donde venga, incluso si eso implica ser sirviente de los gringos.”
La charla siguió desarrollándose y creo que ambos aprendimos algo. Ella me hizo notar luego como incluso en nuestro léxico ya mostrábamos nuestra naturaleza servil.
“Por ejemplo ‘mande’” dijo ”¿Cómo pueden decir eso? Yo no quiero que nadie me mande. Todos estamos al mismo nivel. También dicen ‘para servirle a usted’” su cara esbozaba una sonrisa incrédula ante semejante barbarie de nuestro Español mexicano. “Yo sé que no es culpa de México… solamente; pero sí pueden hacer algo para cambiarlo.”
Hablamos un poco más acerca de lo que hacíamos en la vida real, acerca de que habíamos estudiado y acerca de trivialidades. Ella mencionó que estaba por retirarse a descansar y fue entonces también que noté que mis amigos ya me llamaban para continuar nuestro recorrido. Estos segundos, a diferencia de los del mar, habían pasado más rápido que los segundos normales.
“Bueno, mucho gusto” dije ya despidiéndome.
“Encantada” respondió ella; pero la verdad es que el encantado era yo.
Llegamos a la playa a otro bar con nombre de animal donde, de hecho, vimos a varias personas que nos habíamos encontrado en el bar pasado. En la barra, ahora me encontré a un canadiense que trabajaba en Estados Unidos.
“My buddy and I got on our motos and drove down here”
Su nombre era David. Me contó las experiencias que había vivido y los sitios que aún pensaba visitar.
“My family told me: Don’t go to Mexico, it’s dangerous” continuó “ Bah, they know nothing! There’s bad people in Canada too. There’s bad and good people everywhere. We’re all the same!”
“You should write a book” le dije “about your whole trip”.
“A fucking movie, man!”
Dejé a David cuando sus buddies llegaron. “Nice to meet you, have a nice one” le dije antes de partir. Traté de disfrutar la música del bar pero la verdad es que no me sentía con el software necesario instalado. Nota para mi mismo: aprender a bailar salsa y cumbia. Fui después a sentarme a la playa a pensar en lo que había pasado las últimas horas, acerca de las personas que había conocido. Noté que tenía puesta mi playera de Dante’s Inferno al recostarme luego en la arena.
Siguiente día y la playa seguía ahí. Fuimos de nuevo a que el mar nos revolcara y nuestras tablas nos partieran la cara (literal, como le había pasado a mi amigo un día antes).
El mar parecía aún más cabróun que 24 horas atrás. Varios de mis amigos lograban incarse en la tabla ahora y otros no podíamos ni mantener el equilibrio acostados en la misma. Compartimos notas de lo que habíamos aprendido de los golpes que habíamos recibido. El tiempo pasó y unos cuantos decidieron regresar a tierra firme ¿Yo? Yo seguía sin saber que hacía ahí.
“Ya me pude medio incar dos veces y me paré un poquillo una vez” respondí como inventando excusas cuando mi amigo preguntó acerca de mi progreso.
El tiempo de la renta estaba por terminar y ya no había gente alrededor nuestro. Vi que una pequeña ola se encaminaba a donde yo estaba.
“Agarra esa we!”
Esperé unos segundos a que estuviera más cerca, puse la tabla sobre el agua y la empujé hacia la costa al mismo tiempo que me trepaba en ella como montando una bicicleta. Braceé un par de veces y fue entonces que sentí mis pies elevarse detrás mío. La ola me había alcanzado. Empujé mi cuerpo hacia arriba como haciendo una lagartija y, no supe como, logré erguirme y poner el pie izquierdo enfrente del derecho. Estaba parado en una tabla de surf en movimiento. Luego: caer al agua.
Saque la cabeza del agua y vi a mis amigos a lo lejos felicitándome por mis dos (?) segundos de surfeo exitoso. Bajé la mirada feliz por lo que acababa de pasar y vi mi bolsa de cosas imposibles flotando cerca mio, la tomé y sentí que estaba más ligera ahora.
Regresar tabla. Bañarse. Conseguir comida. En las pizzas en las que terminamos volvimos a encontrar a Mateo sacándose fotos con sus fans.
“Mateo! Ocho tacos!”
“Hey! No! Diez tacos!”
“Haha, Did you win at the contest yesterday?”
“No, man. But I fun”
“... You had fun?”
“Yeah, I fun”
Después de las pizzas fuimos a un concierto afuera del pueblo. Fue lo único para lo que usamos nuestro boleto del festival. La hora de la hora, Kongos y Dirty Heads. Ahí encontramos a un par de amigos de la oficina a quien olvidé mencionar más arriba en este escrito. También encontramos a un dude canadiense que nos contaba lo que los organizadores del festival planeaban hacer con el dinero recaudado.
Salimos del concierto a mitad de Dirty Heads y fuimos a la plaza principal. Rondamos por ahí mientras que el cansancio nos iba tirando uno por uno.
Al siguiente día, después de desayunar, fuimos a una tiendita pero en el camino me detuve en lo que parecía ser una librería improvisada. Hasta arriba en una caja que aun no desempacaban vi “La Divina Comedia” y como flashback recordé que las dos películas que ví, el videojuego que jugué y la playera que había mencionado, todos, hacían referencia a ese libro; aunado todo eso a que ahora, por alguna razón, me interesaba la literatura Italiana. Lo compré esperando no dejar pasar una potencial señal del destino.
Subimos a la Van que nos sacaría de aquel pueblo agringado que tan feliz me había hecho ese fin de semana. Mi pueblo está agringado, quien lo desagringue buen desagringador será. Eché una última mirada a la banqueta en la que me había sentado un par de noches antes y pensé en sacar de la bolsa de cosas imposibles la idea de volver.
