-Frota una naranja contra tu cerebro y te concederé un deseo - me dijo.
Y así lo hice.
Mi deseo fue que las sandias pudieran hablar. Fue un error, lo sé.
Pero ¿Cómo puedo enmendar mis errores, ahora que he perdido las agujetas que me mantenian unido a este mundo? No era tarea fácil, así que no lo hice.
Corrí. Alejarme de las responsabilidades era más fácil.
Corrí sin parar hasta llegar al mar.
El mar abrió sus brazos para recibirme, pero en realidad mi amor no es el mar. Por eso le di la espalda.
Mi amor es una persona, una persona como yo. Así que empecé a buscarla.
Ya han pasado trescientos años desde que hablé con el mar, se reiría de mi si sabe que no he encontrado a mi amor. Mejor será no volver a verlo.
Cuando todo parecía perdido, recordé que debajo de mi cama estaba la llave del infierno, si mi hermano no la había tomado.
Si, ahí estaba. La tomé. Bajé al sótano y, sin prender la luz, busqué la puerta del inframundo.
No había tal.
Alguien se la había llevado.
Fue un regalo de mi padre, ¿por qué alguien robaría mi puerta?
Mi madre no estaba en casa así que decidí preguntarle a mi hijo.
Mi hijo tampoco estaba, se encontraba en el futuro. Aun no nacía.
Estoy muy solo. Mis amigos se fueron, ya sea al pasado o al futuro. ¿Qué tanto hacen ahí?
No me gustó el pasado cuando estuve ahí y le tengo miedo al futuro. Aunque el presente no me agrada tampoco.
Si tan sólo hubiera deseado que los telefonos dejaran de sonar, ahora no me torturarian con sus berridos.
Hay una llamada perdida en mi celular.
Una sandía dejó un buzón de voz.
1 comentario:
No words... Master of random!
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