domingo, 7 de abril de 2013

El viejo José


José se incorporó en su cama sólo para dejar pasar los minutos antes de levantarse a preparar el café. El sol despuntaba en su ventana y sus anteojos lanzaban una larga sombra sobre el buró. Antes de salir de la habitación, José observó el calendario para cerciorarse de lo que ya sabía una noche antes: Se cumplían ya los diez años después de que la Muerte lo visitara.
José puso algo de tabaco en su vieja pipa mientras veía la olla del café hervir. Prendió su tabaco con una cerilla que luego arrojaría al piso de la cocina junto con el resto de la basura. Una vez listo, filtró algo de café en su taza sin lavar y revolvió con una cuchara a pesar de que no había puesto azúcar en él.
Tomó el sombrero café que solía usar los sábados y emprendió el camino al parque donde había acordado encontrarse con la Muerte.
Ya cerca del parque, José buscó la silueta de la Muerte; misma que encontraría sentada a la mesa en donde se vieran por vez primera.
— José — dijo la Muerte estando José lo suficientemente cerca para oírla — tienes una partida de ajedrez que terminar.
José vió en el tablero al rey negro amenazado por una torre, justo como había pasado en el juego de diez años atrás. Presumiblemente el resto de las piezas se encontraban en el mismo lugar que en el juego original.
— Pero... — José notó que la Muerte trataba de balancear un peón sobre otro con la mano izquierda — pero ya habíamos jugado — no se atrevió a recordarle que la Muerte se había rendido tras perder su dama.
— Estoy dispuesto a darte diez años más de vida — respondió la Muerte con algo que parecía exasperación en su voz — si aceptas reanudar nuestra partida y me vences.
“¿Más años?” Preguntó José para sus adentros “¿Realmente valía la pena seguir vagando por la tierra?” José no había hecho sino tomar café y fumar en los diez años que ganó la vez pasada; eso y ver morir a la poca gente que aún conocía. No puedes hacer mucho más que eso estando viejo y teniendo literalmente los días contados.
La Muerte soltó el peón que había logrado balancear sólo para verlo caer un segundo después; cosa que le hizo cerrar el puño con una furia impropia para un ente inmortal. Alzando la cabeza, la Muerte notó en la mirada perdida de José lo poco que la oferta en realidad le interesaba.
— ¿Juventud? ¿Dinero? — la Muerte examinaba la reacción de José a cada sílaba — ¿Isabel? — lotería.
La sorpresa inundó la cara de José como inunda a las de los incrédulos al ser engañados por un adivino de feria.
— Puedo mover personas desde ambos lados del río — la metáfora le causó un escalofrío a medida que se asentaba en su cabeza.
— ¿Y qué si pierdo?
— Si pierdes te espera una eternidad frente al tablero; perfeccionando el arte del ajedrez en un número infinito de partidas contra mí.
José se removió el sombrero y pasó una mano sobre su cabello como peinándolo para después tomar asiento. Tenía que ponerse cómodo sí quería retomar un juego de hace diez años. José apenas se había colocado los anteojos y soltado un poco su corbata cuando la Muerte decidió mover.
— Mi turno, si no mal recuerdo — comenzó la Muerte bloqueando la amenaza de la torre con uno de sus caballos.
A José le pareció un tanto extraño que usara un caballo cuando usar la torre habría resultado en un movimiento más agresivo; lo que, según recordaba, era más el estilo de la Muerte. Sin tomar en cuenta tampoco que la Muerte no había utilizado los caballos en absoluto, pues estos seguían en su posición inicial hasta hace un momento.
José movió su alfil blanco para volver a amenazar al rey. Jugada contestada casi instantáneamente con el bloqueo de la torre; movimiento que no habría sido posible si hubiese usado esa pieza en su turno anterior, pensó José.
Los dedos de la Muerte golpeteaban la mesa con lo que parecía la ansiedad de un adicto al cigarrillo. Y fue cuando la idea golpeó a José: La Muerte había usado estos diez años para trazar su juego ¿Cómo vencer a la Muerte cuando ésta te lleva diez años planeando sus movimientos? José habría deseado traer su pipa para calmar los nervios que le causaron la idea de ver la cara de la Muerte por la eternidad.
José sacó un pañuelo para remover el sudor frío que brotó de su frente.
— Aun no decidimos qué obtendré si no pierdo — José inquirió como esperando que la respuesta le diera algo de fuerza.
— No hace falta que lo discutamos. Yo sé qué quieres mejor que tú mismo. — no fue de mucha ayuda.
El siguiente movimiento en la mente de José era capturar la única torre de la Muerte con su alfil. Una torre por un alfil “Un buen trato” pensó. José colocó su mano sobre la pieza y notó como la Muerte detuvo el golpeteo de la mesa como preparándose a hacer su siguiente movimiento. “Eso ya lo tiene previsto” pensó José retirando de inmediato la mano “¿Y qué tal algo imprevisto?”.
José avanzó un peón dos espacios dejándolo a merced del alfil negro; después alzó la mirada lentamente para encontrarse con la de la Muerte; quien parecía reprocharle por no seguir el plan. “Un peón gratis” pensó José como intentando que la idea llegara a la mente de la Muerte. La Muerte capturó al peón.
José siguió ofreciendo e intercambiando piezas con la Muerte siempre ofreciéndole un buen trato; el último de estos siendo torre por torre. José sólo tenía el rey ahora.
La Muerte revisaba el tablero “Tres piezas contra una” parecía cantar para sí mismo. Hizo jaque a José quien respondió inmediatamente. Un jaque más y José volvía a escaparse. La Muerte vio a José como preguntando qué había pasado.
— No puede forzarse — José se atrevió a mencionar respondiendo a una pregunta inexistente — El mate. No puede forzarse.
Un par de jaques más y el rey de José regresó a donde había estado cuando capturó la última torre.
— Es imposible forzar el mate con un rey y dos caballos — elaboró José como impartiendo clase — es un empate.
— Bueno — empezó la Muerte levantándose de su lugar tras sopesar la situación unos segundos — ya que no ganaste...
— De hecho, no perdí. — aclaró José poniéndose de pie también — Y, aunque no lo discutimos, dijiste que sabías lo que quería.

José despertó por la molestia de un rayo de sol que había logrado atravesar las ramas del árbol bajo el que estaba. Ya era algo tarde así que decidió sacar los anzuelos y llevar los pescados a Isabel.
Aunque también había puesto anzuelos del otro lado, atravesar el río no le pareció algo tan urgente.


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