Ignacio estaba fumándose el último cigarrillo de su cajetilla cuando su esposa entró por la puerta.
— ¡Ignacio! — María sólo lo llamaba ‘Ignacio’ cuando quería que dejara de hacer lo que estaba haciendo — ¿De dónde sacaste eso? Se suponía que estabas dejando ese vicio.
María le quitó el cigarrillo de la mano a Ignacio quien puso resistencia nula a esto. María lanzó el cigarrillo a medio fumar al piso y lo pisoteó con sus zapatos de tacón bajo.
— Te he venido a salvar, María; — respondió Ignacio levantándose del sofá — la muerte anda rondando la casa.
Ignacio solía tener sueños extraños cuando dormía durante el día; decía que eran premoniciones sobre el futuro y solía actuar en consecuencia para evitar que sucedieran en la vida real.
— ¿De qué hablas, Nacho? — contestó María mientras se soltaba el cabello frente al espejo del pasillo que daba a la sala — Te quedaste dormido otra vez en el trabajo ¿Verdad? Uno de estos días te van a correr.
La principal función del trabajo de Ignacio era evitar que Ignacio tuviera todo el día para divagar en sus pensamientos. Que despidieran a Ignacio no afectaba a la economía de los Sanchez pues el trabajo de María podía sostenerlos a ambos.
— María, hazme caso; — dijo Ignacio tomando suavemente a María por el brazo — no salgas de la casa por hoy.
— Nacho, no tengo tiempo para tus alucinaciones — respondió María safándose sutilmente de la mano de Ignacio — tengo una junta muy importante con un cliente y sólo he venido por mi computadora.
— Tu computadora aparecía en mi premonición, por eso la he escondido.
— Ignacio, por favor, no tengo tiempo para esto — María hizo como si buscara algo en su bolso.
— María, no quiero que te pase lo que a Ramiro.
La familia Sánchez constaba únicamente de dos integrantes desde que Ramiro, único hijo de María e Ignacio, muriera a la edad de 22 años en un accidente automovilístico que Ignacio predijo días antes de que ocurriera.
— Ingnacio, no empieces. No tienes poderes psíquicos y tampoco predijiste la muerte de Ramiro, que en paz descanse. — Ignacio notó un poco de exasperación en la voz de María. — Mira, ya me voy, recordé que tengo una copia de la presentación en internet. — María besó a Ignacio en la mejilla y salió por la puerta.
— ¡María! — gritó Ignacio siguiéndola por el pasillo — por favor no uses el elevador; ni éste, ni ninguno que te encuentres.
— Por favor Ignacio, — respondió María mientras presionaba el botón para pedir el ascensor — ya voy retrasada. No voy a bajar cinco pisos en tacones para complacer tu paranoia.
Ignacio entendió que no había mucho que pudiera hacer para hacerla cambiar de parecer; así que sólo colocó su mano derecha en la espalda de María y, cuando María volteó, la besó en los labios y le dio un abrazo. María no puso resistencia pero tampoco cooperó.
Se abrieron las puertas del ascensor y María entró. María presionó el botón de la planta baja y observó su reloj de pulsera para evitar contacto visual con su esposo aunque, antes de que se cerraran las puertas del ascensor, sus ojos conectaron por un instante.
La junta de María con los inversionistas extranjeros terminó a las 20:15 horas no sin que antes los inversionistas alabaran su presentación. María se despidió de cada uno de los inversionistas con un apretón de manos y recibiendo las tarjetas de presentación de algunos.
— Excelente, María. — le decía su jefe a María mientras caminaban hacía el ascensor — Por ahí hubo un roce con el tal “Smith” pero la has sabido librar.
Enfrente de ellos habían muchas personas que esperaban un ascensor y, aunque había varios ascensores, se adivinaba que los elevadores no serían suficientes para llevarlos a todos a la vez. Temiendo que superaran el límite de peso, María recordó lo que Ignacio había dicho, “¿Podría ser cierto? ¿El elevador podría fallar y dejarnos atrapados o aplastarnos?” pensó María.
— ¿Qué tal si tomamos las escaleras? — replicó María — Se ve que hay mucha gente y esperaremos mucho tiempo hasta que nos toque un ascensor.
— Jajaja. — El jefe de María rió sutilmente — Aunque me gusta tu espíritu deportivo, dudo que pueda bajar siete pisos con esta rodilla. — dijo haciendo un ademán para que María viera su rodilla derecha — Apenas ha pasado un mes desde que me la operaron y no quiero que se me vaya a joder de nuevo.
María asintió en silencio con una sonrisa sutil. “Si, María. Es el loco de tu marido el que habla” se dijo María en su mente tratando de convencerse de que no había conexión entre esto y el sueño de su esposo. Tal vez fue el sujeto de 120 kilogramos el que la hizo cambiar de parecer y decidir tomar las escaleras.
— ¿Sabe que? — dijo María haciendo un ademán con la mano derecha — yo creo que yo si me voy por las escaleras. Para estirar las piernas un poco.
— OK, María. — respondió su jefe — Que te diviertas bajando. Nos vemos mañana en la oficina. — terminó diciendo su jefe cuando María estaba bajando el primer escalón. María respondió con un movimiento parecido a un saludo.
“Estúpida, estúpida, estúpida ¿Cómo te dejaste convencer por las locuras de Nacho?” pensaba María mientras bajaba al sexto piso. Pensó en tomar un ascensor pero la idea de encontrarse con su jefe la hizo cambiar de opinión. María salió del edificio ocho minutos después que su jefe, encendió su auto y regresó a su casa. En un semáforo en rojo se quitó los tacones pues, según ella, los pies la estaban matando.
Al siguiente día, en la oficina, María encontró vacío el cubículo de su jefe.
— ¡María! — la llamó una voz de mujer — ¿Estás bien? ¿No te pasó nada? — era Raquel, de recursos humanos.
— Hola Raquel. ¿Qué? Sí, estoy bien. ¿Por qué la pregunta?
— ¿No estabas ayer con el señor Domínguez? Ahorita nos avisaron que lo asaltaron después de su junta de ayer. Ahorita está en el hospital.
— ¿Qué? — María pensó por un momento que todo esto fuera un plan de su esposo para convencerla de su premonición. Pero su esposo nada tenía que ver.
Si María hubiera salido del edificio antes de lo que lo hizo, tal vez el asaltante que atacó a su jefe la habría preferido a ella. Y si hubiera llevado su computadora en los brazos como solía hacer, tal vez habría habido un forcejeo entre ella y el asaltante que habría terminado muy mal para María.
María no podría llegar a una conclusión definitiva respecto a la relación de los sueños de Ignacio y los acontecimientos de su día a día, ni podría explicarle a nadie las conclusiones a las que llegara. Lo cierto es que ahora María era esclava de las historias de Ignacio; un “Qué tal si” resonaría en sus oídos cada vez que decidiera ir en contra de lo que le dijera su marido.
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