El ritmo cardiaco de José apenas había disminuido cuando el cobrador salió por la puerta. “¿Sé habrá dado cuenta?” se preguntó “¿Me mandará matar?”.
El ritmo cardiaco de José apenas había disminuido cuando el cobrador salió por la puerta. “¿Sé habrá dado cuenta?” se preguntó “¿Me mandará matar?”.
Ocultar a un enemigo del partido era peligroso y José lo sabía; pero la mirada de Juliana era más que suficiente para que José hiciera cualquier cosa y más si eso implicaba que Juliana se quedase en casa de José.
Juliana salió de debajo del mostrador con las palmas de las manos y las rodillas de su vestido llenas del polvo que se había acumulado debajo del mostrador a lo largo de los diez años que ese mostrador llevaba en la carnicería. El polvo le recordó a José la muerte de su compadre Miguel, a quien los cobradores habían matado en el desierto por una supuesta deuda de juego; historia que más tarde se convirtió, con la ayuda de la población de San Miguel de Tucumán, en la venganza de Don Rafael, líder de los cobradores, por haber dormido con la esposa de éste último.
— ¿Cómo voy a pagarle, Don José? — dijo Juliana en voz baja viendo de reojo la puerta entrecerrada de la carnicería.
— ¿Cómo cree, Julianita? Yo por usted me cae que hago lo que sea — dijo José, detenido por una flema que le recordó el nudo en la garganta que se le había formado cuando estaba el cobrador ahí apenas unos minutos antes. José carraspeó.
— Ay Don José, me cae que usted se va a ir al cielo.
— Esperemos que no muy pronto — dijo sin poder evitar ver de reojo los pechos de Juliana que también se habían manchado por el polvo de la carnicería — Mejor váyase a esconder al molino pero no haga ni un ruidito que ahorita andan en inspección.
Juliana era ni más ni menos que la hija de Don Rafael, condenada a morir en la horca por el cargo de prostitución. Juliana era virgen pero su padre la había descubierto en su cuarto con su ahora difunto ex novio Francisco a quien fusilaron bajo el cargo de violación.
“Y tú sigues, cabrona” fue lo último que Don Rafael había dicho a su hija antes de que ésta escapara por la ventana de su cuarto mientras sacaban a rastras a Francisco a quien habían golpeado brutalmente enfrente de Juliana.
“Y sigo yo, cabrón” pensó José mientras aplastaba los bisteces de Doña Martha.
— Ya se pusieron bien perros, ¿verdad? — inquirió Doña Martha.
— Si oiga — dijo José después de un momento como sacado de un trance — con decirle que ahora hasta me quieren cobrar impuestos por estos zapatos que ni compré; se los quité al cadáver de mi compadre Miguel que en paz descanse.
— Si oiga — dijo José después de un momento como sacado de un trance — con decirle que ahora hasta me quieren cobrar impuestos por estos zapatos que ni compré; se los quité al cadáver de mi compadre Miguel que en paz descanse.
— ¡Dios mio! — dijo Doña Martha a la vez que se persignaba — Dios lo tenga en su santa gloria.
— Y pa’lla vamos todos — respondió José cubriendo con papel estraza los bisteces de Doña Martha.
— ¡Ni Dios lo quiera!. No lo diga ni de broma Don José; que esto es muy serio.
“Dios esto, Dios lo otro” pensaba José mientras veía la luna por la ventana de su cuarto acosado por el insomnio que había desarrollado el último año “Si Dios existiera mataría a estos pendejos para que dejaran de chingar a la buena gente de este pueblo”.
— Pinche pueblo olvidado por Dios — dijo José en voz baja casi inconscientemente.
“Si van a matarme, antes me cojo a Julianita” pensó quitándose de encima las cobijas mil veces remendadas que adornaban su catre desde hacía ya más de quince años. José bajó por las escaleras que daban al molino y la sinfonía de rechinidos de los escalones despertó a Juliana.
— ¿Quién anda ahí? — dijo Juliana, y José pudo distinguir algo de miedo en su voz.
— Soy yo; Don José. No se espante Julianita.
Juliana se incorporó en su catre tapándose el pecho con una de las cobijas que la mantenían alejada del frío de agosto. José se sentó a su lado.
— ¿Recuerda que ayer me preguntó que como podría pagarme lo de esconderla aquí? — Juliana asintió en silencio — ps ya se me ocurrió una forma — terminó diciendo a la vez que juntaba sus labios con los de ella.
— ¿Cómo cree, Don José? — dijo Juliana apartándolo con la mano que no sostenía la cobija — Esto no está bien.
— Ándele Julianita, ¿Qué no ve que me va a cargar la chingada y no me quiero quedar con las ganas?
Discurso más convincente no se ha visto jamás. Juliana le devolvió el beso y soltó la cobija que hasta el momento había sostenido tan firmemente para tener manos suficientes para acariciar la cara de José. Quizá Juliana pensaba igual que José; o quizá tuvo miedo de que José la entregara al partido si no accedía; quizá sentía una mezcla de ambas situaciones. De cualquier forma, José consiguió su acometido.
— ¿Y esa sonrisa a que se debe, Don José?
— Ya ve Doña Martha, lo que hace un buen sueñito.
Y esa sonrisa le duró hasta el último momento; hasta que la primer bala atravesó su garganta. Incluso después de que su cuerpo golpeó con el suelo, podría pensarse que José recordaba algo gracioso.
Ni el mejor de los cobradores había sido tan eficaz para encontrar a los enemigos del partido como lo había sido Doña Martha cuyos chismes habían sido la razón y evidencia de varias ejecuciones en San Miguel de Tucumán.
En el acta de defunción de José se lee “Nombre: José Hernández. Crimen: perversión de menores. Últimas palabras: Pinche Martha chismosa, deja que se enteren de lo tuyo y Don Rafael”.